Eucaliptos, piteras, coches, motos, mirones de la ciudad, enamorados, perros de caza, coches aparcados, encuentros, cazadores, toallitas, condones, compresas, colchones y olores que dibujan el perímetro de la ciudad. Abandonados, a la deriva. Naturaleza relativa o una re-naturalización débil. ¡Más vale esto que nada!
Me gustaba ir a correr o caminar por encima de la ciudad. Al principio caminaba, más que corría, y, en los comienzos, me gustaba decir que me iba a correr, aunque terminara caminando. Me gustaba correr y ver la ciudad allá abajo, a mi costado izquierdo, moviéndose a diferentes velocidades. Imaginaba la gente caminando por la rambla, tomando algo en Strasse, Numancia o en La Paz. Pensaba en los sitios donde había vivido y recordaba las sensaciones de entonces, ligadas a las calles y lugares que frecuentaba. Correr me permitía pensar la ciudad a distancia, mirarla desde afuera. También la oía cuando la sirena de una ambulancia sonaba o algún tipo de actividad se llevaba a cabo en el puerto. Veía la ciudad, pero también el puerto, los barcos atracados, que llegaban y se iban; veía el mar y la otra isla, enfrente. La distancia me permitía limpiarme, o más bien vaciarme, de casi todas las emociones y complejidades que suponían estar inmerso en ella, en las relaciones. Correr me daba cierta privacidad: escuchaba la ciudad sin estar envuelto en conversaciones con otros. La percibía sin perder el rumbo. Correr era doblemente beneficioso. Por un lado me libraba de pensamientos que sentía poco productivos y que me desviaban de no sé de donde, y, por otro, me mantenía el cuerpo en forma. En cierta forma. Todo era relativo. A veces bajaba rápido y la miraba sesgadamente. Cuando subía, caminando o corriendo, ya regresaba beneficiado.
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